6 feb 2008

Qué frio II

Creo que me quedé en un refresco, y esta vez omito el nombre porque no hay que mentar mucho al diablo. Afortunadamente el gordito no estaba atendiendo el kiosco, aunque no sé quien es más raro, padre o hijo, y lo dice “la persona más normal del mundo”, quiero decir, yo soy raro, pero esos notas perdieron el norte a la hora de ser raros, y se convirtieron en un embrión de un nuevo estado: Y ahora entra un matrimonio canadiense al que le da miedo los escorpiones*.

Por el camino voy sorbiendo el líquido diabólico, que me trasforma en un saltarín de bordillos y en un caminante ligero como un gato y sonriente como un muñeco de plástico. La lata está fria, y yo que pensaba que lo malo solía estar caliente.

Me toca ir a un supermercado, realmente voy a dos, en el primero compro carne y embutido, en el otro cosas más mundanas de marcas genéricas. En la puerta del supermercado 1 aun me queda algo de líquido que ventilarme, así que me paro al lado de una papelera, me la trinco y la tiro, al principio cuando no conocía la existencia de esa papelera apretaba el culo pensando si tendría donde tirar el despojo satánico.

Cuando entro hay uno que me dice que tiene hambre, es un personaje del barrio que se lleva todo el día pidiendo cinco céntimos para comer, y termina canturreando “hoy no comemo”, suele ir por la calle exagerando una cojera y una voz “ictusiana”, paso de largo e irremediablemente estaré un rato pensando en él y lo jodido que es que tenga que montar ese show para conseguir dinero. Se me pasa por la cabeza decirle que yo tengo más hambre.

* de los Simpsons

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