7 feb 2008

Qué frío III

Entro en el supermercado 1. Lo primero que me llama la atención es la cajera, parece la amiga de la mala de una telenovela. En su tiempo tuve un buen curriculum como consumidor de esas series de dudosa calidad: vi los comienzos de Thalía en Quinceañeras, a Verónica Castro en Los Ricos También Lloran, Rubí, La Dama de Rosa, etcétera, y no lo justifico.

Sigo hasta la carnicería, que está al final. Me voy cruzando con ancianos que compran con mucha lentitud mirando lo que van a llevarse un minuto antes de cogerlo. Como la dispocisión de las estanterías forman pasillos, parece que comprar medio kilo de pollo es llegar a un final de fase de un videojuego, en el que tienes que esquivar abueletes. De cualquier forma son muy amables y cuando se dan cuenta que hay un cafeinómano ansioso le/me dejan pasar.

Cuando miro las carnes desplegadas para que los clientes las vean, hay una lucha entre mi parte carnívora, que me hace saber intuitivamente que trozo de carne cruda está más jugosa, y mi parte urbanita con sensibilidades artificiales, esto es, pienso en hacerme vegetariano mientras se me hace la boca agua. Hoy han puesto dos cerdos bebés plastificados y sin vísceras en medio de todo.

El carnicero tiene un protocolo correcto y sin entretenerse me despacha los filetes. Alguna vez le he escuchado decir barbaridades, pero quién soy para juzgar a nadie, entre ese hombre y yo lo único que debe haber es educación, me la trae floja que sea un botarate sin escrúpulos. Me da la bolsa y voy hacia la caja, esta vez cogiendo por pasillos donde puedo circular rápido.

2 comentarios:

Carmen Ramírez dijo...

Me pareció fantástico la escena de los ancianos: realmente los ví y te vñi kientras lo contabas. Muy bueno. La vida urbana tiene esas estampasy pro suerte tiene gente que las halle

Matute Peroni dijo...

Gracias Carmela, bienvenida :)

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